LOS TOMATES DEL ALMA: No:43
Desde la poltrona acomodada a placer leía, con el rabillo del ojo no perdía los movimientos de mi
abuela en su diaria labor de preparar las verduras y hortalizas para la comida.
Escogidas y debidamente lavadas; el apio, la cebolla, el ajo y otras mas, las colocaba en la tabla de
picar, con tal orden, que parecían soldados en fila, Procedía a picarlas, su experta y arrugada mano
manejaba el cuchillo con tal precisión que los trozos de vegetal quedaban iguales a simple vista,
como si se hubiesen cortado a maquina. Terminada esta labor, llegaba el turno de los reyes de las
comidas; " los tomates ".
Cultivados en la huerta familiar por mi abuelo en vida, prepararlos era un momento especial de
cruzados sentimientos y pensares espirituales para mi abuela; los tomaba entre sus manos con la
mayor suavidad, uno en uno los acariciaba con amor y los miraba rato largo, diciéndoles lo hermoso
que eran, bendiciendo la tierra y las manos de donde afloraron.
Los lavaba a conciencia y cortaba en cuatro, para adornar con ellos el centro de la mesa, los colocaba
de tal forma que presidieran la mesa, como en vida lo hacia mi abuelo.
Abundante en creencias, asociaba el fin de sus días con la longevidad de las plantas, decía: cuando
ya las tomateras no den frutos y sus hojas se mustien, entonces será tiempo de partir.
Cinco años después, las plantas sembradas por mi abuelo continuaban su ciclo, produciendo frutos
sin descanso. Había muchos comentarios y teorías sobre esto: que las semillas eran de una cepa muy
especial, que donde estaban sembrados, fue antiguamente un cementerio, de ahí su fertilidad, que
mi abuelo bajaba del cielo todas las noches a mirarlas y cantarles, para que no lo extrañaran, bueno,
se decía de todo sobre la tomatera.
Pero la verdad no demoró mucho en mostrarse, cuando una noche la abuela sorprendió a su nieta,
en plena faena con las plantas. No se dijeron nada, solo se miraron y abrazándose fuertemente, lloraron.
Con la mayor ternura dijo la abuela; el sabor de estos tomates siempre fue especial, como no serlo,
si en su pulpa llevaban el alma de mi hermosa nieta y en las semillas el canto del abuelo.
Humberto Restrepo.
Cada cosecha es el resultado de lo que sembramos de la dedicacion, amor y pasión que dejemos en ella
ResponderBorrarObtengo optimas cosechas , Dios las cuida y yo le pago.
Borrar