No:09
LA ORUGA ENAMORADA.
Todos los días madrugaba la pequeña oruga a cumplir con sus deberes; limpiar la gruta,
recogiendo los escombros, barrer los residuos de excrementos y sobras de comida y juntar
todo con las hojas secas que el viento trajo por la noche para sacar todo y enterrarlo en
en su pequeña y hermosa huerta llena de acelgas, zanahorias y lechugas a las que servia
de abono.
Luego el desayuno,había que alimentarse bien para proseguir la jornada, una jugosa y
tierna hoja de acelga junto con brotes tiernos de lechuga y de postre una pizca de zanahoria,
fueron su comida, luego de la cual procedió a sentarse en el límite de su territorio a mirar
el imponente y soberbio paisaje del valle.
Su guarida, como la llamaba era una especie de gruta, formada podría decirse de forma
natural en el tronco caído de una robusta Guadua,rodeada por grande piedras que la aislaban
del frío y los malos vientos y para completar, la escena estaba dominada por un centenario
Cují, que le daba sombra en días soleados.
Por la abundancia de alimentos y la seguridad del lugar, la colonia era numerosa superando
fácil el medio millón, en su gran mayoría machos.
Esto causaba un serio problema, nada más y nada menos, que el de aparearse para dejar su
simiente y legar su genética. Pero ya se encontraba ocupándose del asunto, tenía los ojos
puestos en una regordeta y hermosa hembra, que lo traía de cabeza y que prometía sus dones
a cientos de ellos sin favoritismos.
Ella, para resolver esto propuso:
Seré compañera de aquel que logre traerme como prueba de su arrojo , la hoja más fresca y
jugosa de acelga del huerto situado al otro lado del camino negro hecho por el hombre.
Hablaba de una carretera de unos cincuenta metros de ancha en total, con un fluido paso de
camiones pesados durante el día que transportaban carbón, cuyas perdidas le daban a la
vía su color.
Para una Oruga intentar ésto era jugarse la vida, habría que hacerlo en la noche que es nulo
el paso de los camiones y de las aves rapaces solo trasnocha la lechuza, a la cual ya sabía
como manejar.
Su plan era sencillo, lo haría en la noche más oscuro la cual sería dentro de tres días en que
la luna estaría en su punto más opaco, a la lechuza la esquivaría embadurnando su cuerpo
con lodo grueso y negro, así era imposible que lo viera, el recorrido completo podría tardar
toda la noche, así que fortalecería sus patitas haciendo ejercicio subiendo hasta la copa del
árbol mas alto del lugar varias veces.
Llegó el día, la noche oscura y cerrada como cueva ayudaba a su propósito, dio un pequeño
y fugaz beso a su amada que fue a desearle suerte con la promesa de esperarlo hasta que
regresara de su epopeya. Emprendió el camino y la ida la cubrió dentro de lo calculado y a
eso de la media noche ya estaba en el huerto,escogió tomándose todo su tiempo, la mejor
y robusta hoja de acelga,la acomodó bajo su cuerpo doblándola cuidadosamente para no
dañarla.
Emprendió el regreso, todo iba a pedir de boca, sobre las cuatro y media ya divisaba la densa
vegetación del huerto en el cual lo esperaba la felicidad; estaba absorto pensando en la
romántica acogida y su futuro, cuando un poderoso trueno retumbó en el ámbito y comenzaron
a caer las primeras gotas de lluvia.
De repente fue arrancado del pavimento por un poderoso aleteo y unas garras afiladas cual
cuchillos le desgarraban las entrañas.
Y en el último espasmo de conciencia divisó a su amada que se apresuraba en carrera con
las patas extendidas, a tomar la acelga que volaba por el aire y perdía el equilibrio en el charco
de lodo que la lluvia le había quitado dejándolo visible y vulnerable.
Humberto Restrepo.
Interesante
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